domingo, 27 de enero de 2008

Pequeño viaje de Año Nuevo. Santa Mónica

5/1/2008

Pequeño viaje de Año Nuevo . Santa Mónica


No entiendo como en este gran país no hay una buena comunicación por ferrocarril. Es imposible regresar en tren desde San Diego a San Francisco. El “Pacific Surfliner” sólo continúa un poco más al norte de Los Ángeles. De allí hasta prácticamente San José el camino se hace irremediablemente interminable en autobús.


L.A. no es una ciudad, es un inmenso condado. Es como mirar una hoja de papel cuadriculado de tamaño kilométrico, en el que cada cuadrito es una manzana, y cada línea es una autopista infranqueable para peatones. En L.A. el coche es una extensión más del cuerpo, y el transporte público tiene poco lugar aquí. Por lo que he sabido los lobbies automovilísticos o los taxistas han impedido que haya una buena red de transporte, pero también los angelinos dijeron no al transporte público en una consulta popular.

Es la cultura púramente capitalista, del triunfo y la imagen.


Con este panorama y sin coche decidí sólo visitar un lugar. Elegí la playa de Santa Mónica ya que allí hay otro Hostelling International. Dejaba de lado el cine de Hollywood y las mansiones de ricos y famosos. Pero, no todo es glamour en L.A. El autobús recorre entre Downtown y la playa una zona humilde, ocupada por inmigrantes, en un país de inmigrantes.


Dentro de la fábrica de los sueños Santa Mónica saltó a la fama por la serie “Los vigilantes de la playa”, sin embargo, en enero y chispeando, la playa estaba desierta (nada tiene que ver con Maria Isabel). Desde Venice Beach, hasta Malibú, sólo unos pocos turistas pisaban la arena y el paseo de la costa. Únicamente las atracciones de Santa Monica Pier gozaban de alboroto. Esta vez con una hora de alquiler de bici tuve suficiente.


Llamé a la puerta de uno de los puestos de socorrista, que tantas veces han salido en la pequeña pantalla. Pregunté por Pam Anderson, y Mitch Buchanan, pero no se puso nadie. De vigilantes ninguno y de patinadoras por el paseo marítimo pocas y no hacían más que desmitificar este mito de la belleza del lugar. En España tenemos mejores monumentos.


El albergue está entre el citado muelle y un centro comercial, incluyendo la 3rd St. Si hay algún lugar más replicado en LaTierra, son los centros comerciales. Da igual que entres en uno en Valencia, Berlín, L.A. o incluso Beijin. Mismas tiendas, mismo que ofrecer. En lugar de Corte Inglés pues un Macy’s y en este caso grandes tiendas de Rip Curl y Quicksilver pàra los surfistas. Entré en la librería Barnes & Nobles, donde compré “Twenty thousands leagues under the sea” y las historias completas de Sherlock Holmes. Para entretenerme en el vuelo de vuelta


En el cuidado albergue se respiraba una extraña mezcla. Sin muchos turistas en estas fechas me encontré con un indio, una chilena y un iraní buscando un sueño o un trabajo, todos ellos vinieron al “Hotel California”, sin embargo, aquél día llovía en el Sur de California. (Por cierto dicho hotel existe, está un poco más al sur, en Venice beach)


En la Fábrica de los Sueños lo que importa es la imagen. Una imagen


It never rains in southern California



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